viernes, 28 de marzo de 2008

El mal de Ackerson

Si es verdad, ha pasado mucho tiempo.


Lo sé, lo sé, me han extrañado.


Yo también me he extrañado.


En especial cuando soy indulgente conmigo, es cuando más me extraño.


No voy a inventar una excusa inverosímil o ridícula para tratar de distraerlos de mi verdadera razón, está vez seré honesto con ustedes. Nada de historias de fantasía ni párrafos llenos de palabras inventadas y armadas en un sólido bloque distractor, nada de cuentos infantiles ni verborreas y sobre todo nada de redundancias. Esta es la verdad.


Aliens…


¡Miles de ellos! En sus naves plateadas y con sus luces halógenas del espacio. Todos aterrizaron en mi patio trasero. Los observé por la ventana algo temeroso pero luego decidí que la situación debía cambiar así que los observé por la puerta. Eran miembros del club de tunning del espacio, lo supe por los stickers pegados (eran holográficos, ¡que tecnología!) y por la manera en que desdeñaban las naves de los demás. Me vieron en la puerta y me jalaron y me pidieron que escoja la mejor nave y yo escogí una que estaba toda hecha de metal de Júpiter, algo que es carísimo y bien bonito porque en él se reflejan los seres por como son por dentro. Le dieron el premio a ese, pero los otros de picados me empujaron por un túnel dimensional, que me envió a un universo paralelo donde no hay internet.

Llevo todo este tiempo ahí conviviendo con el yo de esa dimensión (que es un gil en el scrabble) mi/su esposa y un Dr. Filkenstein con el cabello rubio "special edition" que me ayudó a construir un portal dimensional para volver acá. Por supuesto nos llevó tiempo llegar a esta dimensión, primero fuimos a dar a una donde la gente dice lo que piensa, fue bien liberador pero terrorífico a la vez. Luego dimos con una donde hay pan siempre, lo malo es que no había variedad. Otra interesante fue la dimensión del mal de Ackerson, una dimensión donde nadie tiene esa enfermedad, solo un tal Ackerson. Ayer en la noche dimos con esta y mi esposa de esta dimensión, preocupada, me mando a decir hola. Mi hijo Daniel, que ya tiene mucho más control en sus vuelos, me lanzó un juguete desde la lámpara del techo. El Dr. Filkenstein, al parecer hizo algún tipo de apuesta y se ganó una de las naves espaciales tuneadas y ahora anda con luces de neón por el espacio. Qué envidia.

Por mi parte, me siento tranquilo de llegar a casa y no tener que dormir en el cuarto de invitados ni preocuparme por no poder besar a mi esposa porque no era mi esposa. Para variar me tocan vivir estas experiencias que me terminan afectando, ya que ahora, a veces, digo lo que pienso y quiero pan siempre. El mal de Ackerson no me preocupa, se puede vivir con eso.

3 comentarios:

viggo dijo...

Ya era hora!!

Daniela dijo...

¿En serio? ¿sticker holográficos? son unos genios esos aliens!
A todo esto, ¿qué le pasaba a ese tal Ackerson?
Y finalmente, una idea, cuando el Dr. esté durmiendo quítale la llave de la nave tuneada y venme a ver para irnos a buscar unos helados de pistacho, será en extremo diverido :)

Belisa Crepusculario dijo...

Al fin!!!! ¿¿¿¿Qué pasó con el romance del doctor???